jueves, 24 de junio de 2010

Aquí estás y aquí permanecerás

Tan solo hace unos días las voces volvieron a resonar en mi mente. Llantos depravados y grotescos. Risas dantescas y órdenes que me conminan a seguir su voluntad. Hace apenas una semana que salí de Saint Wilhem y no tenía pensado volver. Mi mujer y mi hijo me necesitaban y tuve que salir de allí. Al parecer demasiado pronto. Sin embargo sabía que lo tenía bajo control. No me importaba cuánto me susurrasen. Al salir del sanatorio encontré un mundo nuevo. En tan solo un año mi trabajo había sido ocupado por alguien más joven y sin tendencias digamos… paranoides. El día previo a mi enclaustramiento le rompí la mandíbula a Jake de contabilidad con el extintor del pasillo cinco por comentar el físico de Jenny. Al salir había sido despedido (aunque me parece que fue al entrar en Saint Wilhem) y tuve que buscarme otro empleo como teleoperador. Molestando a la gente en sus casas de ocho de la mañana a tres de la tarde. Por la tarde trabajo como camarero en el Nikky’s. Un tugurio de la zona este de la ciudad. Por cada número que marco, cada copa que sirvo y cada autobús que cojo las voces me murmuran al oído: “Eres un perdedor Jonny Jonny” “Besa el cañón de tu escopeta y hazle un favor a Jenny” “Nunca serás nada. Aquí estás y aquí permanecerás” Unos días atrás sacudía la cabeza y desaparecían. Ahora se burlan de mis vanos intentos por disiparlas. Son voces gélidas, cargadas de odio y de verdades hirientes. El doctor Jones siempre me decía que esas voces no pertenecían a otra persona que no fuese yo. Que venían dictadas por mi complejo de inferioridad que sembró mi madre con sus constantes insultos y comparaciones con mi hermana mayor. Gracias mamá.

Michael, mi hijo, iba bien en el colegio. Mi mujer, Jenny, me había esperado un año entero solo para volver a abrazarme. Una gran mujer de la que no soy merecedor. No. Si la mereces y te la has ganado. “¿Auto terapia muchacho? Menos mal que estamos aquí para recordarte cuál es tu lugar” Cogí el autobús para llegar a casa “Menudo medio de transporte. ¿Dónde está tu coche Jonny Jonny? Ah, si… el banco se lo llevó delante de tu desconsolada Jenny… ¿Por qué les cargas con tus fracasos Jonny Jonny?” Noto como si mi cabeza fuera a explotar. Cuando llego a casa mi amada Jenny se había puesto su vestido más elegante y se giró hacia la entrada cuando escuchó mis llaves entrando en la cerradura. Estaba encendiendo unas velas sobre una mesa desmesuradamente engalanada. Se abalanzó sobre mí y me besó apasionadamente. Como hacía antes de lo de Saint Wilhem. Michael está en casa de un amigo y llegará por la mañana me susurra meliflua al oído derecho. En el izquierdo suena una melodía mucho menos encantadora “Vaya vaya Jonny Jonny… No comprendemos que ha visto en ti. Tranquilo, seremos nosotros quien forniquemos con ella esta noche…Tú no estás a la altura” Una risa dantesca rebotó contra cada pared de mi cráneo. “Cierra el pico” mascullo. Jenny me mira extrañada. Quiere creer que no ha oído lo que ha oído. Me coge de la mano tan dulce como siempre. Tenía su larga cabellera recogida en un moño lo suficientemente recatado para no ser incitante y lo bastante sensual para ser arrebatador. Tras sentarme en la mesa sirve los platos. Olía de maravilla. Una pieza de carne enorme humea ante mis fosas nasales que paladean cada retazo de aroma que taladra mis sentidos. La salsa de queso que había preparado, la opípara guarnición de patatas al horno, su perfume embriagador… “Lo vas a arruinar todo Jonny Jonny. Y lo más interesante es que si nosotros lo sabemos es que tú lo sabes” Inicio una conversación banal para acallar los comentarios llenos de inquina que mis oscuros pasajeros arrojan sobre mi alma. Al acabar la cena y disfrutar de la presencia de la mujer perfecta, ella se sienta sobre mi regazo y me besa desatándose el vestido.

Yo no pude dormir. Jenny me hizo el amor durante horas. Haciéndome sentir el hombre más especial y amado sobre la faz de la tierra. Pero cuando ella cayó en los brazos de Morfeo, insinuando desnudez con la transparente sábana, me quedé paradójicamente solo. Enfrentándome en un páramo desértico y letal con las demoníacas voces que asaeteaban mi cordura. Las cuatro de la mañana. Demasiado tarde para ser la madrugada y demasiado pronto para ser la mañana. “Menuda noche Jonny Jonny. ¿Qué has hecho tú para merecer esto?” “Fracasado” “Un mundo que continúa sin ti” “Cae a mis pies Jonny Jonny” “La oscuridad es lo que espera a Jenny y a Michael” “Aléjate. Muere solo” Escuchaba una ventana abrirse en el piso de abajo. Me levanté asustado y Jenny se sobresaltó. ¿Qué ocurre? No ocurre nada, cielo. Vuelve a dormir. No quería bajar y que el sonido hubiera sido producto de mi imaginación. No quería que volviese a pasar por lo de hace un año. Me pongo los pantalones y bajo precavido. Los ruidos eran constantes y torpes. Al entrar en la cocina desenvaino el cuchillo de cocina más robusto y amedrentador que encuentro en el cajón de los cubiertos. Entré al salón con cautela. Una sombra estaba registrando los cajones. Al girarse hacia mí pude verle. Un chico con un pasamontañas y una pistola en la mano. “Mátale Jonny Jonny. No dejes que hieran a nuestra Jenny” La reacción fue instantánea. Por una vez dicen algo razonable. Abarro al agresor contra la pared y le clavó el cuchillo en la mano, haciéndole soltar la pistola. Me intenta asfixiar con su antebrazo libre por lo que le disloqué el codo. Intenta zafarse y me suelta algunos golpes mientras grita “Para, para” “No le hagas caso, Jonny Jonny. Ha venido a por sangre y la va a tener” Sin pretenderlo le clavé el cuchillo en el abdomen cuando cayó sobre mí. Cuando se dejó de mover pude notar como su sangre empapa el suelo debajo de mi espalda. Jenny bajó asustada y se llevó las manos a la cara dejando escapar un aullido entre sus finos dedos. “Toc, toc Jonny Jonny” Me giré hacia el agresor y la confusión se desvaneció. La pistola era un teléfono móvil. Para, para era en realidad papá, papá. “Parece ser que al final sí que teníamos razón”

Ahora, en mi celda acolchada, la imagen de la muerte reluciendo en los ojos de Michael y el sonido desgarrador del alarido de mi otrora amada Jenny me atormenta de noche y de día. Sin olvidar a las voces que, satisfechas, se regodean en cada detalle de cómo asesiné a mi único hijo entre carcajada y carcajada.

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